Iba
a ser su primer día de trabajo. Llevaba toda la noche sin dormir. Su padre la
despertó —«vamos, Rosita»— a la vez que apoyaba el dedo índice en sus labios
como respeto al sueño de sus hermanos. El sigilo iniciado en la casa se mantuvo
a lo largo de toda la distancia que se interponía entre el despertar y el
trabajo. Su padre iba andando un poco adelantado, como indicando el camino,
cosa que no hacía falta porque ella sabía perfectamente dónde estaba el
trabajo. Y llegaron a su destino. «Corre, Rosita, súbete a ese montón mientras
yo rebusco en aquél». ¡Qué nervios! Claro, es que ya era muy mayor, tenía seis
años.
Un trocito de....
"Quizá tuvieran razón en colocar el amor en los libros... Quizá no podía existir en ningún otro lugar" Willian Faulkner
viernes, 18 de marzo de 2022
Nanorrelato Nº 649. El trabajo
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