Un trocito de....

"Quizá tuvieran razón en colocar el amor en los libros... Quizá no podía existir en ningún otro lugar" Willian Faulkner


jueves, 28 de julio de 2016

Nanorrelato nº 431. Ya...no soy

Érase una mujer abandonada por la poesía. Estaba desesperada ya que, a pesar de intentarlo una y otra vez, esos versos que hasta hacía poquísimo tiempo aparecían sin esfuerzo, no conseguía que brotaran en su cabeza y, en cambio, lo que aterrizaba con suma facilidad eran datos y gráficas. Se concentraba lo mejor que podía imaginando escenas de amor, de desamor, paisajes maravillosos…pero nada: logaritmos neperianos sin sentido se generaban en su bóveda craneal. Cerró los ojos lo más fuerte que pudo intentando a la desesperada las ansiadas estrofas…pero unos aplausos y unos gritos de ¡Presidenta! ¡Presidenta! la hicieron salir del buscado trance << ¡No me acordaba de las elecciones de mañana! ¡Ya… no soy la misma! >>

viernes, 22 de julio de 2016

Nanorrelato nº 430 ¡Viva el hormiguero!

Érase una hormiga que se aburría de su monótono trabajo. Durante mucho tiempo mantuvo esa sensación en secreto; pero un día, mientras transportaba un trozo de chuche hacia su hormiguero, se lo contó a la compañera de al lado, la cual se enfadó muchísimo contestándola que decir eso era menospreciar a toda la colonia, que siempre había sido así la vida de las hormigas y que lo que tendría que estar era orgullosa de ser y hacer lo que miles de generaciones antes habían hecho. Nuestra protagonista no volvió nunca a decir nada a nadie. Siguió realizando sus tareas habituales, y ni tan siquiera al terapeuta de la colmena, cuya función era que todos los componentes de la sociedad estuviesen sanos para que el objetivo colectivo saliese adelante, que la citó en su consulta porque la veía rara, le contó la verdad, ya que como dijo aquel día su compañera de transporte: esa sensación era la traición misma y ella no era una traidora ¡Viva el hormiguero!

miércoles, 6 de julio de 2016

Nanorrelato nº 429. Doblemente eterno

No entendía las palabras. Le sonaban como si un coro de monjes ofertara su canto Gregoriano desde algún lugar lejano y el viento lo trajese incompleto, a borbotones. Se esforzaba por dilucidar algún significado que calmara su ansiedad, pero le era imposible. Y eso le ponía nervioso y le generaba angustia; aunque siempre que ocurría, en breve, una mano cálida y suave le agarraba la suya. Eso sí que lo reconocía. Era la misma, sin duda, que una vez asió inesperadamente hacía muchos años, cuando se declararon amor eterno, que siendo tan jóvenes es doblemente eterno. Los mismos dedos, los mismos dibujos imaginarios en la palma. Los distinguiría sobre cualquier cosa en la Tierra. Volvían las palabras, esta vez mezcladas de pitidos, como alarmas que avisaban de algo.
<< Voy a cambiarle el suero. Quédese el tiempo que quiera. Enseguida les dejo solos .>>

jueves, 23 de junio de 2016

Nanorrelato nº 428. Los mosquitos

Érase una vez un mosquito que luchaba contra otro mosquito. La pelea era atroz. La sangre que acaban de succionar y llenaba sus respectivos abdómenes, debido a los terribles golpes que se producían con sus enhiestas trompas para la liza, salía a borbotones contribuyendo a darle más fiereza, si cabe, al terrible espectáculo. Sus gritos, mezcla de dolor y odio, ensordecían el espacio que ocupaban. Siguieron luchando un buen rato, hasta que uno de ellos cayó muerto. El otro, se apartó un poco del lugar de la lucha para descansar de tal mayúsculo esfuerzo. Tenía una sensación agridulce de la victoria. Miró varias veces a su inerte oponente intentando comprender porqué la muerte se lo había llevado todo, hasta la supuesta felicidad que debería de haberle proporcionado el triunfo. Fue corto el tiempo de reflexión ya que un gorrión que andaba por allí, se lo comió de un picotazo. FIN

viernes, 3 de junio de 2016

Nanorrelato nº 427. Mi Francisca

Nunca había salido del pueblo. No le había hecho falta, ya que las necesidades surgidas en las distintas facetas que se fue encontrando a lo largo de su vida, se fueron solventando con los productos locales. No, no le había hecho falta. Ahora, empapado en sudor bajo el arco de detección de metales sin comprender muy bien porqué le trataban como a esos maleantes de las películas, a pesar de haberse quitado la boina en señal de respeto antes de hablar con el guardia, pensaba en cómo sería esa vida a la que tenía que acudir para cuidar de su nieta, que le saludaba sonriente desde el otro lado << ¡Ojalá estuviese aquí mi Francisca! Ella sí que sabía qué hacer con los problemas modernos>>

jueves, 2 de junio de 2016

Nanorrelato nº426. El delirio...necesario

Un día, normal y corriente por cierto, se preguntó << ¿Qué hago aquí?>> A partir de ese instante la normalidad desapareció. Intentó echar mano de alguna fabulación para contestarse de inmediato, pero no encontró ninguna: había perdido la capacidad de imaginar y todo lo que tenía alrededor adquirió una dimensión material ordinaria. Miró un poco “más allá” a través de la ventana del despacho,  pero sólo encontró la misma vulgaridad. Bueno, sólo una cosa consiguió sobrevivir en su cabeza: esas alas que tantas veces imaginó que le saldrían llegado el momento. Las vio desplegarse raudas en cuanto dejó el alféizar.


A la memoria del  dr. Castilla del Pino, por su magnífico libro “El delirio, un error necesario”

miércoles, 25 de mayo de 2016

Nanorrelato nº 442. Política internacional

Érase un planeta en el que todo el mundo llevaba el pelo al cero. Generación tras generación, el raparse la cabeza habitualmente era una constante jamás cuestionada. Daba igual si en las distintas naciones había monarquías o repúblicas, dictaduras o democracias o cualquier otra forma de gobierno imaginable: todo el mundo se cortaba el pelo. Un día, un poblador de ese planeta, faltó a su cita con el peluquero. Aquello fue tremendo y se hizo viral por las redes. La persona que hizo eso fue entrevistada de inmediato y, estando todo el planeta expectante, respondió: se me olvidó, como estoy enamorado, pues me despisté pensando en otras cosas. Aquella persona tuvo la mala suerte de estar en un país donde existía la pena de muerte y, por ello, fue ejecutada de inmediato. Aunque tengo que añadir que, las democracias que sabían de la dura sentencia antes de ejecutarse, tampoco protestaron enérgicamente. Bueno… ni enérgica ni débilmente ni…nada. Fin.