Un trocito de....

"Quizá tuvieran razón en colocar el amor en los libros... Quizá no podía existir en ningún otro lugar" Willian Faulkner


martes, 2 de julio de 2019

Nanorrelato Nº 546. Primer día de trabajo


Al final fue elegido presidente de la Nación, aunque su partido solamente había sacado un diputado, él, de los tres centenares y medio que componían el Congreso. Que si sí, que si no, que contigo puedo pactar y contigo no, que si cordones sanitarios…total: Presidente. Bueno, pues llegó el día de jurar el cargo y, ya en el pasillo notó algo raro: nadie le dirigía la palabra. Los medios de comunicación, por lo visto, ya que no se había enterado porque se levantó como cualquier día, desayunó tranquilamente y se fue hacia su nuevo puesto de trabajo, le habían puesto a parir. Sí, todos, los que decían que eran de izquierdas, los que también decían que eran de derechas, incluso aquellos que solo hablaban de las vergüenzas de los seres humanos, todos coincidían en llamarle aprovechado, sin moral, oportunista, sin ideas claras, que estaba ahí para llevársela…. En fin, una retahíla de disparates sin parangón. Antes de jurar el cargo, fueron subiendo a la tribuna cada uno de los portavoces de todos los partidos, coincidiendo al unísono, como si se hubiesen puesto de acuerdo, en repetir las palabras execrable actitud al aceptar el cargo, como ya habían anunciado los medios de prensa. « Y yo que pensaba contar que necesitaba, claro, unos días de libre disposición antes de empezar aquí, para ir a ayudar a recoger gente en el mar… ¡A ver cómo se lo toman!»

lunes, 1 de julio de 2019

Nanorrelato Nº545. ¿Naufragar?


El naufragio fue rapidísimo. Las olas dieron la vuelta al barco como cuando se cae una tostada al suelo. Visto y no visto; aunque de eso…ya hace muchos años. Y aquí sigue nuestro protagonista, en su isla caribeña, todo el día en pelotas, sin hacer nada de nada, salvo ver amaneceres y cosas así. He de añadir que no hay nadie más, aunque eso no le importa demasiado, porque también estaba solo en aquel cuchitril de cuarenta metros cuadrados con el monitor del ordenador como única ventana al exterior. Cuantas veces habrá exclamado que qué bien hizo en contratar aquel crucero por el Pacífico, gastándose lo que no tenía…¡qué habrá hecho el banco con la pella! Y se ríe a carcajada limpia, que a veces son tan fuertes que los pájaros exóticos se asustan y le protestan graznando. También piensa a menudo cómo tendrá el colesterol que tan importante era: todos los días andaba mirando las putas etiquetas de los bollos; en fin, estará solucionado, claro, porque ahora sólo come fruta y eso era lo más aconsejable para mejorar en ese sentido. Bendito naufragio escribió con un pintalabios (que flotaba en el océano no sabe si de su accidente o de alguna que le daba igual eso de reciclar y lo tiró sin más) en la entrada de su cabaña de hojas y ramas, para leer, cada vez que vuelve de la playa, el nombre de su casa, de su hogar.

viernes, 24 de mayo de 2019

Nanorrelato Nº 544. Viento.


Su sueño se hizo realidad: se convirtió en piloto. A pesar de la humildad de su familia, agricultores de una pequeña aldea y por tanto poco  dinero podían proporcionarle, golpes de suerte encadenados, que siempre hay que tenerla en cuenta en la vida, junto a un esfuerzo grandioso de estudio nocturno robando horas de sueño después de agotadoras jornadas en el campo, fueron los verdaderos protagonistas de que se graduase en primera posición. Ahora se sentía feliz en su aeronave, brillante, flamante, veloz, viendo como las nubes pasaban rapidísimas. Solo un momento de tristeza paralizó la felicidad de vértigo al ver la foto de su joven esposa, tan guapa con su quimono nuevo, sosteniendo en los brazos a su chiquilla nacida hacía escasos dos meses. Pero la tristeza se disolvió como un azucarillo  cuando en el horizonte apareció la silueta del portaviones estadounidense y recordó lo que realmente era: viento sagrado.

miércoles, 22 de mayo de 2019

Nanorrelato Nº 543. Mañana mejor, sin duda.


Volvió a abrir las mismas cajitas y a sacar las mismas pastillitas de colores dejándolas en el mismo recipiente para volver a formar, un día más, la reunión farmacológica. Pero esta vez jugó con ellas: las hizo correr con el dedo una detrás de otra, simulando un tiovivo cada vez más veloz. Cayeron al suelo y, sin perder de vista ni un solo centímetro de sus trayectorias, rebotaron formando una pequeña galaxia multicolor que le hizo sonreír por un instante. Hasta que la realidad las paró en seco, que es como detiene la realidad. Ella las hubiera tenido flotando un ratito disfrutando de sus ovalados volúmenes, olvidando durante “ese ratito” el dolor que emana de su cabeza. Pero la realidad es sordomuda y no escucha ni contesta las mínimas peticiones, por muy simples que nos parezcan. Y…, volvió a sentir el dolor, el rechazo, la marginación y la soledad. Se hizo la misma pregunta, exactamente la que se hacía desde que, día tras día, abría las cajitas, esa que su médica le había dicho que conseguiría responderse sin ninguna duda….«¡Sin ninguna duda!» Ese pequeño instante de seguridad que brotó en su maltrecha cabecita con el eco de su voz…. «Mañana mejor, sin duda»

A mi amiga, psiquiatra.

martes, 21 de mayo de 2019

Nanorrelato Nº 542. El jardín delirante


No le fue bien la vida. No importan las razones; además llegar a una respuesta exacta en asuntos tan etéreos es absurdo, como lo son también las matemáticas a veces, he de añadir. El caso es que acabó viviendo en el jardín, ya que el juez, ante su situación tan lamentable, se apiadó de él y le dio una moratoria de un año. Eso sí, sin entrar en la casa, que ahí estaban su ya exmujer, sus hijos que lo consideraban como a una especie filósofo inútil y, por supuesto, la vigilancia Orwelliana de su abogado. Pero…, no se vino abajo, y como el protagonista de “Cadena perpetua” se puso a trabajar en su nuevo entorno. Empezó a estudiar la colocación de los geranios respecto al grosor del césped relacionándolo con el tiempo de parada de las abejas en las margaritas, y llegó a un algoritmo que publicó en The Lancet, ¡ni más ni menos! Los resultados y las conclusiones fueron aprovechados por las empresas que se dedicaban al turismo de naturaleza para estudiar cual era la mejor disposición de las plantas, árboles y demás flora respecto a lo que el subconsciente de la gente demandaba en sus merecidas vacaciones y jubilaciones. Y fue un éxito. Claro, la moratoria de nuestro protagonista se acabó, y los derechos de dicho algoritmo pasaron a su exmujer y, digamos, exhijos, que seguían considerándolo un filósofo inútil. Bueno, el juez le dio otra moratoria y decretó que trabajara otro año de becario, eso sí, en una de esas empresas turísticas creadas exprofeso por los magníficos resultados de su ecuación. No sé más, ya que todavía no ha pasado el año.

miércoles, 8 de mayo de 2019

Nanorrelato Nº 541. Poesía: cada ocho horas


Poema tras poema. Uno detrás de otro. Compulsivamente. Día tras día y sumando una cantidad exacta de ellos: mes tras mes. Unas veces los dejaba inmóviles atados a algún recuerdo y otras flotando en alguna circunvolución cerebral. Un día escribió “me tengo que despertar”. Y así fue: salió de la Unidad de Intensivos en la que había permanecido mucho tiempo. Ha sido un milagro, un milagro a medias entra la medicina y su obstinación por vivir, decían. No, ha sido obra de la poesía, ella me mantuvo vivo. Y la médica que oyó eso, reflexionó. Desde entonces, le entrega a cada uno de sus enfermitos un pequeño poema donde el protagonista es el propio paciente. Y da buen resultado, parece ser, ya que el hospital es uno de los mejores « A lo mejor  hay más médicos entregando buenos poemas…, digo yo»

domingo, 14 de abril de 2019

La vida, contigo.


Normalmente nunca, o casi nunca, escribo sobre los libros que leo. No hago esta estupidez por razones de envidia que, a primera vista, pudiese parecer. No, es peor: lo hago por puro egoísmo, porque en el fondo creo que los libros que leo sólo los leo yo, y me guardo para mí mismo, en ese lugar tan cercano a mí, la intimidad, como diría Adela Cortina, y ahí escondo egoístamente, El guardián entre el centeno, El Quijote, o Las uvas de la ira, como si yo fuese el único que he tenido el beneplácito de la cultura universal, el permiso único, el salvoconducto singular. Pero como ser humano que soy y como facultad imprescindible de la propia condición humana, voy a saltarme mi axioma: voy a compartir un libro. El libro de la poetisa Esther Peñas, La vida, contigo. Y ¿Por qué lo hago? ¿Por qué me vuelvo comprensivo con mis semejantes? Por el amor. Habla del amor. Lo pone dentro de un matraz, de un tubo de ensayo, de una placa de Petri: Lo ves. Lo analizas. Te envuelve. No, no habla de pasión, ni de orgasmos galácticos, ni de mariposas en el estómago. No. Habla del amor y no de sus consecuencias o síntomas. Habla de la brisa que pasa a la vez, en el mismo instante, bajo las piernas de dos amantes sentadas en un alto. Habla de la lluvia que moja por igual. Habla del olor a naranja que es exactamente, matemáticamente equivalente para ellas. Porque eso, según Esther, es el amor: igualdad. O eso he entendido yo. Me van a perdonar, pero para evitar entrar en un estado que podría ser patológico me receto, yo mismo, una dosis de PS4. Un abrazo y gracias, Esther, por el libro y por recordarme que “hay días en los que acierto” Bueno, no he dicho toda la verdad, recuerden que soy el más humano de los humanos. Lo que también dice el libro, muy escondido por el amor extremo en cada una de sus páginas, es de la urgencia de escribir sobre el amor. Esa es la verdad. Me ha costado. Me voy a jugar, como ya dije.