No entendía las
palabras. Le sonaban como si un coro de monjes ofertara su canto Gregoriano
desde algún lugar lejano y el viento lo trajese incompleto, a borbotones. Se
esforzaba por dilucidar algún significado que calmara su ansiedad, pero le era
imposible. Y eso le ponía nervioso y le generaba angustia; aunque siempre que
ocurría, en breve, una mano cálida y suave le agarraba la suya. Eso sí que lo
reconocía. Era la misma, sin duda, que una vez asió inesperadamente hacía
muchos años, cuando se declararon amor eterno, que siendo tan jóvenes es doblemente
eterno. Los mismos dedos, los mismos dibujos imaginarios en la palma. Los
distinguiría sobre cualquier cosa en la Tierra. Volvían las palabras, esta vez
mezcladas de pitidos, como alarmas que avisaban de algo.
<< Voy a
cambiarle el suero. Quédese el tiempo que quiera. Enseguida les dejo solos .>>