Ya viene el revisor pidiendo los
billetes: sácalos, porfa. «Lo siento señora, tiene que bajar en la siguiente, hay un bulto
en su billete» ¡Nos bajamos los dos, entonces! «No. Usted no. No le queda más
remedio que esperar a que vuelva a subir, o seguir el viaje solo» Nada más
llegar a la estación que no tenía nombre, salvo un cartel con un cangrejo
parecido al del horóscopo, pegué mi nariz al cristal mirando a la puerta por la
que había entrado. No era capaz de pestañear, sólo miraba el reloj de la estación
cuyas manecillas eran unos lazos rosas muy ridículos y a la famosa puerta, como
si de un partido de tenis se tratase. ¡Salió!..., con un montón de cajitas de pastillas. ¡Subió! Se sentó, a mi lado, de nuevo. Seguimos el viaje en tren, en el tren. No sé qué más decir, porque yo no bajé y
no quiero contar cosas absurdas. FIN.
Para ti.
No hay comentarios:
Publicar un comentario