Un trocito de....

"Quizá tuvieran razón en colocar el amor en los libros... Quizá no podía existir en ningún otro lugar" Willian Faulkner


viernes, 30 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 148. La chimenea

Una de sus múltiples vidas, quizás la más destacable de todas hasta el momento, fue aquella en la que pasó dicho tramo temporal en forma de chimenea. No era una chimenea de fábrica, grande y lustrosa, importantísima para mucha gente y…, de difícil defensa desde el punto de vista del cambio climático. No, era una chimenea pequeña, de casa normal. Tenía un buen tiro, el cual permitía holgadamente calentar el hogar de su dueña. Pero un buen día, confiada, perdió el sombrerete que protegía el conducto de las lluvias y demás inclemencias. Con lo que en el primer aguacero, las llamas inferiores se apagaron, con la consiguiente bajada de la temperatura y malestar de la dueña. Intentó explicar que ella no tenía “toda” la culpa, de hecho reaccionó lo más ágil que pudo y consiguió otra protección mucho mejor y más duradera que la perdida. Pero su dueña pensó que había sido el colmo su comportamiento y, sin mediar palabra, o mediaron pocas, en un antes y un después rapidísimos, la sustituyó por una estufa de butano; con lo que ya no era necesaria, es más, molestaba. Así que la taparon con un sólido muro y, el resto de esa vida  hasta la siguiente reencarnación, la pasó en silencio. Bueno, en silencio y echándose la culpa, comportamiento por otra parte normal entre las chimeneas.

Nanorrelato nº 147. Para Óscar...

No pudo ser. Ni todo el amor del mundo, ni todas las palabras esperanzadoras, ni tan siquiera la fuerza gravitatoria producida por los nueve preciosos años de su flor más querida, pudieron evitar que esas “putas células” dejaran de dividirse a su antojo. Y todo estalló en mil pedazos y, el pavor, la desesperación, el vacío más absoluto, ese que dicen que es científicamente imposible de conseguir, se adueñaron sin permiso de todo. Pero…un buen día, se levantó de un salto y cogió con todas sus fuerzas esa escoba con la que muchas veces habían barrido juntos. Y, a escobazo limpio los expulsó, y limpió su hogar. Y…ella sonrió. Y él la escuchó.

Nanorrelato nº 146. Superhéroe

Desde niño, uno de sus más grandes deseos, una de sus más importantes aspiraciones, era la de convertirse algún día en superhéroe. Soñaba con surcar el cielo envuelto en una majestuosa y respetable capa roja o saltar de edificio en edificio mediante telarañas eyectadas desde sus muñecas o …, siempre por supuesto, con el objetivo de ayudar al prójimo, a sus semejantes y no tan semejantes; de sembrar el bien, vamos. Y…, el destino le hizo caso. Su petición debió de ser tan potente que desde el mismísimo olimpo se le otorgaron esos superpoderes declamados con tanta ansiedad, devoción y ética. Pero…, no pudo ayudar a nadie nunca, ya que se convirtió en el hombre invisible. A veces, los dioses se podían estar quietecitos (perdón por el comentario de este impulsivo y vehemente narrador)

Nanorrelato nº 145. El nido del cuco

Volvieron a explosionar la inestable mezcla de sueños, sentimientos y verdades. Cómo si se tratara de una demolición controlada, saltó de nuevo por los aires otro trozo más de maltrecho encéfalo. Fue tan potente que no sólo le hizo tambalearse, que también, sino que le sacó de la cama para irlo a colocar de cuclillas en un rincón. Después de la onda expansiva vinieron la vergüenza y el silencio, y éste, a su vez, traía de la mano a la soledad. Se puso a enfriar los restos incandescentes de la detonación, los cuales, gracias a la culpa, se mantuvieron largo rato al rojo vivo. 

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 144. El dédalo

Recorrió, desde primera hora de la mañana, arriba y abajo, el laberinto. Lo atravesó tantísimas veces…, que pasó a ser familiar, y a perder, por tanto, las principales características de un dédalo: sorpresa y esperanza. Se convirtió, así, en un camino habitual. Ya no había recovecos ilusionantes, ni esquinas sorpresivas, ni pasillos esperanzadores. Y… nada cambió, claro, ya que no encontró lo que buscaba: ese maldito punto de no retorno.

martes, 27 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 143. Dos colores

Una vez tuvo un sueño. Fue uno especial, de los que se recuerdan después de despertarse, de los que parece que no lo has soñado sino vivido. De todas maneras, tengo que apuntar que no era difícil el hecho de rememorarlo, ya que estaba compuesto de imágenes muy sencillas: soñó exclusivamente con los colores blanco y azul. Sí, ambas tonalidades jugaban en el espacio, se fundían como dos gases para luego separarse y adquirir una intensidad arrolladora, una ola de felicidad. Así que, haciendo caso a su subconsciente, se propuso buscar el resto de su vida ambos colores, es decir, se puso manos a la obra para ser feliz.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 142. El matrimonio (III)

      —    El tipo del que me hablaste ha venido hoy a la consulta.
    ¿Hoy? Perfecto.
    Sí. Esta misma tarde.
    Le habrás echado.
    Claro; cómo iba a hacer otra cosa…
    Perfecto. El jefe se pondrá muy contento. Pronto…otra alma que…en fin.
    Me dio un poco de pena…no ayudarle.
    Sssh. No digas eso. No se te ocurra volverlo a decir ¿No ves que “él” te podría oír? Imagínate lo que te haría si intuyese que eres  débil, que puedes abandonar, traicionar al “lado oscuro”.
    Llevas razón. Pero me dio pena. Parecía un buen tipo. Con una pequeña ayuda…
    Ya te dije que tendrías que olvidar por completo que eres médico. Ahora sirves a otros ideales.
    Ya.

Nanorrelato nº 141. El marido (II)

      —    Bien. Me parece correcto lo que plantea usted.
   Estoy desesperado. Necesitaría algún adelanto, doctor, alguna respuesta que me hiciese incorporarme un poco.
    ¿Una respuesta? Cómo… ¿una adivinación?
    Sí. Sí. Exacto.
    Un momento…ahora que voy hilando… ¿usted no es el que ayer estuvo en el gabinete de mi mujer?
    ¿Su mujer? No le entiendo.
    Sí. Mi mujer es tarotista y ayer, por lo visto, un tipo que la había cagado tirando su futuro por la taza del water, fue a que se lo leyera. ¡Qué poca vergüenza! Sí, es usted, no me diga que no, el del nanorrelato anterior.
    Eh…sí. Pero usted es terapeuta.
    Por eso, lo mismo que le dijo ella le contesto yo. Bueno, yo no tengo el mismo arranque que ella así que no le voy a echar de la consulta, pero…cuando quiera puede levantarse e irse, caballero.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 140. El tarot (I)

      —    ¡Pero bueno! ¿Qué hace usted aquí? ¿A qué coño ha venido?
    No la entiendo. Pues…
    ¿Pues qué? — dijo todavía más furiosa, si cabe.
    A intentar…, averiguar mi futuro.
    ¿Mi futuro? ¿Su futuro? — respondió la adivina tirando de un manotazo todas las cartas del tarot por los aires— haga el favor de no insultarme, caballerete, y vuelva por donde ha venido. Y tenga. — le entregó de malos modos los sesenta euros convenidos por la adivinación.
    Pero…, perdone…, no la comprendo.
    Es usted un imbécil. Ha tirado su futuro por la ventana. Usted lo conocía perfectamente, sabía que iba a ocurrir…, y lo tira: ¿Qué quiere que yo le adivine? ¿Qué pretende usted de mí?  Fuera de mi casa.

Nanorrelato nº 139. Su bata

Partió el cohete, la preciada nave, su joven proyectil. Se elevó a una velocidad descomunal, claro, él no estaba dentro y, seguramente, habría sido un lastre (pensó). Le deseó lo mejor en su viaje intergaláctico. Una vez que desapareció de su cansada vista, observó que sólo la alfombra roja que habían traído para el despegue, quedaba como prueba irrefutable de que “así” había sido, como aval de la verdad. Volvió caminando pausadamente hasta su casa. Allí, colgada detrás de la puerta le esperaba su bata, tejida con vejez. Se arropó con ella, serenamente, sin reproches. Era su decisión. Cerró la puerta. 

sábado, 24 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 138. Por fin

Por fin, la decisión se hizo materia en el centro exacto de su mente y lo más escorada posible de su alma. Ahora, a partir de ahora, de una vez por todas tenía un proyecto. Todo se detuvo, y la ‘importancia’ se convirtió en una débil pátina que recubría ciertas ideas. La libertad, en su más pura forma, invadió cada uno de sus poros; esos que antaño habían servido para introducir las sensaciones más poderosas que pueden albergarse en el universo. Todavía sus poros, su piel, servían para algo. La  fatalidad no se los había inutilizado del todo. La decisión era correcta entonces. Sonrió. Por fin

Nanorrelato nº 137. ENCANTABA

Cómo le ENCANTABA ser de la forma que era, así de idiota, aunque ello le desgastase cruelmente, de la misma manera que hace el fondo del mar con los pecios. Le gustaba escribir poesías en pequeños trocitos de papel que luego lanzaba por la ventana con la esperanza de que alguien los leyese. También, a veces, en esas mismas pequeñas hojitas, dibujaba bonitos amaneceres y…con el mismo método y resultado: no pasaban de la primera alcantarilla, ya que en cuanto salían a la calle, tanto las letras como las acuarelas, eran pisoteadas por sus congéneres y, por tanto, repito, acababan en forma de lodo parduzco junto al resto de detritus supurados por la ciudad. Él lo sabía, era consciente de lo imbécil que estaba siendo, pero…, es mentira: no le ENCANTABA. 

Nanorrelato nº 136. El metalúrgico

Un día, concretamente una mañana radiante, sus pies que antaño habían sido capaces de recorrer enormes distancias, de llevarle raudo y veloz a donde le necesitaban, de subir y bajar por la vida sin el menor resuello, aparecieron recubiertos de una gruesa capa del más puro plomo. Inmediatamente y como lógica respuesta ante el pánico surgido, fue a visitar a un metalúrgico para que le diese de inmediato una solución.
    Imposible.
  ¿Imposible? ¿así de categórico? ¿pero…, no es usted un experto en metales?
    Sí: por eso mismo, no puedo hacer nada por usted.
    Pero… ¿no puede fundir el plomo?
  ¿Qué plomo? Sus pies no tienen ni un solo átomo del metal que menciona. Están recubiertos de ‘un antes y un después’
    Ummm…¿un punto de no retorno?
    Llámelo como quiera.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 135.¡ Métete los dedos!

    Bueno, ya estoy aquí.
    Hola.
    Hola.
    Antes de nada, tengo una pregunta.
    Tú dirás.
    ¿Se está allí mucho más tranquilo, verdad?
    ¿Cómo? No me digas que…, no lo sabes.
    ¿El qué?
    Que yo nunca he estado allí.
    ¿No? ¿Cómo es eso posible?
    Yo sólo me encargo de llevar ‘gente’. Pero yo vivo en la interfase. Así que realmente no sé ni como se está aquí ni, como te acabo de decir, que ocurre allí.
    ¿Pero…?
    No me fastidies. Me has llamado para satisfacer tu duda. Anda…, que el JEFE no está mirando: Métete los dedos y vomita. Ya nos 'veremos’, tontorrón.
    Gracias.

Nanorrelato nº 134. ¿El planeta?

Cuando se posó en la superficie del planeta, cierta sensación de descanso le abrigó amablemente. No había querido mirar su aspecto mientras orbitaba ya que, sin combustible, sin apenas víveres y oxígeno, fuera bonito o feo, le gustara o no, estaba obligado a detenerse allí y, según la documentación proporcionada por lo expertos, era casi seguro que fuera el único planeta habitable que existía además del que había partido, lógicamente. Abrió la compuerta del cohete, y lo primero que vio fue a una lagartija tomando el sol tranquilamente encima de una piedra e ignorando totalmente su presencia allí. Al verla, una duda surgió en su cabeza sobre si el animalito era un habitante del planeta o bien habían sido compañeros de viaje. Y de repente, una sensación heladora recorrió su espalda debido a la tercera posibilidad que nítidamente apareció ante él: ¿Y si había vuelto?

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 133. Seguía igual

Cuando fue consciente de que todo había cambiado a su alrededor, inmediatamente corrió a buscar un espejo para ver como dicho cambio le había afectado. Pero no pudo constatarlo ya que todos los espejos habían desaparecido y, por tanto, no era capaz de saber a ciencia cierta si se había producido alguna transformación. La mejor superficie que encontró para satisfacer su curiosidad fue una pequeña charca llena de renacuajos. Al llegar allí, se dio cuenta de que no se había producido ninguna renovación, ya que sus lágrimas impedían que el agua estuviese quieta. Seguía igual.

martes, 20 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 132. La hechicera

Hace poco tiempo, en un país no muy lejano, vivía (como podía) un príncipe relativamente triste. Él ya estaba acostumbrado a su estado melancólico, aunque no resignado. Por ello, en un alarde de valentía, fue a visitar a una bruja que vivía en las montañas de su reino, para pedirle alguna solución que atajara su tristeza crónica. Una noche, sin que su guardia lo supiese, se envolvió en una gruesa capa para no ser reconocido y de ésta manera poder viajar solo, y a todo galope se dirigió hacia su destino. Cabalgó durante toda la noche, llegando extenuados al amanecer tanto él como su caballo. Una vez delante de la choza de la hechicera, cruzó el umbral sigilosamente y, de pronto, su moradora al darse cuenta de su presencia le dijo de muy malos modos:
  Tendrías que haber llamado y pedido permiso. He estado a punto de aniquilarte como persona. Has tenido suerte…
    ¿Aniquilarme? ¿Con algún encantamiento?
    No. Diciéndote: Hola ¿qué tal?

lunes, 19 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 131. El traje nuevo

Se sentía raro. Cualquier acción que realizaba parecía distinta a pesar de que se reprodujesen al milímetro las mismas condiciones que en actuaciones anteriores. Todo era muy extraño aunque no pudiese ser catalogado de malo ni de bueno, sólo chocante y punto. ¡Claro!— chascó los dedos — ¡eso es! Llevaba poco tiempo con su recién estrenada ropa de ‘cordialidad’ y no se había percatado de la invisibilidad que produce dicho tejido. Eso era: Invisible.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 130. Aunque ya no estén

Se cayó con tanta facilidad que parecía mentira lo que le había costado incorporarse. El lobo rabioso que llevaba dentro y que sabía que ésta era su última pelea, le mordió en las piernas haciéndole perder el equilibrio tan deseado. Él conocía a la perfección quién le había dado semejante dentellada, y que la única forma rápida de curación era “esa”, esa que no se puede ni nombrar, esa que llega un poco antes del vacío, esa que aconsejaba el lobo después de desgarrar la carne. Pero no, no se aplicó el fármaco prescrito por el animal. No. Se levantó apoyándose en esa luz, ese haz que al igual que las estrellas que se ven en el firmamento y que ya no existen, pero su poder curativo permanece: Aunque ya no estén.
 Dibujo realizado por el pintor Jesús Oliván

sábado, 17 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 129. Valía

Siempre se había sentido distinto, como el resto de los seres humanos por otro lado. Hasta aquí normal. Siempre pensó que había venido al mundo a hacer algo importante, único, como la totalidad de sus congéneres. Hasta aquí sigue siendo normal. Siempre se había equivocado en mayor proporción que acertado, como el resto del mundo. Seguimos dentro de la normalidad. Pero un día le lanzaron la frase inacabada “tú vales mucho…” Y se terminó la normalidad.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 128. ¡Semejante error!

Dado el garrafal error cometido, el tremendo yerro materializado, el tamaño hiperbólico del abismo creado, no tuvo más remedio que cambiar de profesión. Sí, se puso a estudiar como un loco. Los libros de matemáticas y física caían a una velocidad apabullante con el objetivo de construir una máquina con la que pudiese viajar en el tiempo, y que le devolviese al instante anterior al estropicio anteriormente comentado. No había otra solución. Tenía que volver.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 127. La humedad

Seguro que hoy no iba a ocurrir. Lo tenía todo planeado. No podía fallar, los cálculos eran exactos. De ninguna manera el error haría su maldita aparición. Había merecido la pena todas esas horas de esfuerzo, para conseguir dormir de un “tirón”. Hoy sí. Se colocó entre dos almohadones a su vez reforzados por mantas y ropa para evitar escorarse tanto a babor como a estribor, y como un maniquí fuera de temporada, rígido y desnudo, se tumbó en el espacio creado. Pero nada, la heladora sensación de humedad de su baba cayendo por una de sus comisuras le devolvió a la vigilia antes de tiempo. El plan había fallado.

martes, 13 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 126. La jaula

Llevaba mucho tiempo dando y dando vueltas como un tigre enjaulado, recorriendo una y otra vez el mismo camino circular, esperando erróneamente que en algún punto de la imaginaria curva apareciese una fuerza tangencial que le hiciese salir del enloquecedor circuito. Pero, como es evidente, dicha esperanza jamás fue cumplida. Y lo peor de todo, lo peor: Que no era un tigre. Y además, lo sabía.

Nanorrelato nº 125. El móvil

Que frío transmitía su contacto. Nunca lo había sentido, porque era la primera vez que el silencio se había instaurado en su vida. Jamás pensó que sería tan agotador, como subir al revés las escaleras mecánicas, pero no como un juego, sino por obligación. Por más que se abrigaba, la heladora ausencia de ruido penetraba por cualquier minúsculo poro congelando cada centímetro cuadrado de su piel, como si abriese la ventana de par en par. Y seguía sin sonar. Y seguía tiritando. Y…todo continuaba su curso.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Nanorrelato 124. Cuando llegó

Cuando llegó, tardísimo, al embarcadero, la barca ya había partido. Pensaba (ilusamente) que todavía podría estar allí. No podía demorarlo más y, por tanto, no tenía más remedio que cruzar ‘YA’ la lengua de mar. Así que se lanzó a nadar. ¿Qué creen ustedes que le ocurrió? (pista: no sabía nadar)
                              Dibujo realizado por el pintor Jesús Oliván

viernes, 9 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 123. La capitana

Ya estaba harta de zozobrar. Toda su vida la había surcado en un maldito barco de papel que no había dejado de hacer aguas en ningún momento. Ya estaba cansada del mugriento cubo con el que sacaba el agua, y de la sensación de humedad, y del olor a moho, y de todo lo que le había acompañado en su difícil travesía. Un día, un magnífico día gritó: ¡Hasta aquí! Cogió un papel y empezó a dibujar el barco que se merecía. No sería muy grande, pero sí precioso, de vivos colores y, por su magnífica estructura, nunca dejaría que penetrara ni una sola gota de agua. Y…lo construyó. Y tiró el cubo muy lejos. Y fue capitana.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 122. La metamorfosis

<< ¡Por fin!>> resonó dentro de su cabeza. <<Ya está. Llegó el momento>> le siguió como un eco victorioso, como celebrando el acontecimiento venidero: Llegó la hora de su ansiada metamorfosis. De una vez se convertiría en lo que siempre había deseado, en ese ser libre y feliz que llevaba dentro y que esperaba ansioso su salida, que lo vieran. <<De larva a pupa y de ahí a oruga y…>> se relató la secuencia biológica deleitándose e iluminando sus ojos como el mayor fuego de artificio. Y así fue. Se encerró en su capullo y se produjo la transformación. Pero la mariposa nunca salió, porque no pudo romper el envoltorio ya que era de dura madera.

martes, 6 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 121. La razón

Iba moviéndose entre los que supuestamente eran de su misma especie, pero se sentía un marciano. Como un ser raro observaba los ademanes, oía parte de las conversaciones y miraba a sus caras directamente, con el objetivo de encontrar algo que justificase, algún nexo de unión entre él y el resto de sus congéneres. Día tras día salía a “pescar” muy temprano esa fórmula magistral que le diera la razón, mejor dicho, que se la quitase, y así poder ser uno más: feliz, normal, tranquilo.

Nanorrelato nº 120. La curva

Jamás le gustó conducir. De hecho, desde el  momento que recorrió los primeros kilómetros, algo terrorífico se instaló dentro de él. Era una sensación extraña, turbia, de esas que la cabeza, de entrada, nos previene que no hay que hacerle mucho caso, pero que ¡cuidado! Vamos, como la mayoría de los pensamientos irracionales. Un día, también conduciendo, pasó por una curva. Un resorte mental se activó y todas aquellas sensaciones sin sentido de antaño, encajaron a la perfección. Sí, la curva. Esa curva.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Nanorrelato nº 119. El oculista

Por fin se decidió a ir al oculista, aunque tenía un miedo que se moría. Era con diferencia la cosa que más pavor le producía. De hecho, siempre que parecía que la decisión de acudir era en firme, justo en el último instante el temor, como el mejor de los frenos, había impedido la visita. Pero ahora no tenía más remedio, necesitaba ver con sus propios ojos lo que todo el mundo afirmaba. Bueno, la verdad (que no se entere nadie) él no necesitaba ir al oculista. Siempre había visto de maravilla. Lo que realmente necesitaba era otra oportunidad.